domingo, 24 de febrero de 2013

Corvus Corax


El cuervo es una figura literaria muy común tanto en autores clásicos como contemporáneos, por poner un ejemplo de ambos, tenemos el relato de Edgar Allan Poe, El Cuervo, y luego tenemos la figura tan omnipresente de los cuervos en la saga de Canción de Hielo y Fuego de George Martin.

Es un animal que existe en casi todos los continentes menos en la Antártica y son unos animales de lo más curiosos, por lo que no es de extrañar la cantidad de mitología que se ha creado a su alrededor. Los cuervos pueden distinguir una cara humana de entre una multitud, además prefieren vivir cerca de las ciudades que en el campo.

Son animales empáticos, pudiendo reconciliarse o consolar a otros congéneres. Tienen comportamientos con los que ayudan, consuelan a miembros de la bandada que han sufrido un episodio traumático, de cualquier clase. Por lo tanto ya no es solo la empatía sino el ofrecer consuelo psicológico, algo solo visto hasta ahora en los mamíferos. Esto crea lazos más o menos fuertes entre ellos depende de si ese cuervo es con quien suelen pelear  o el cuervo con el que suelen empatizar. Los cuervos por lo tanto viven en grandes familias. Se ha descubierto que hay cuervos que son más populares o conocidos entre su clan que otros ya sea por actitudes dominantes o mediante el engaño. Algunos de estos animales fingen acciones para robar la comida de sus congéneres.

Otra característica sumamente interesante es que crean sus propias herramientas, no solo resuelven puzles si no que aprovechan objetos del entorno para resolverlo. Además estos animales tienen algo muy sorprendente: tradiciones y algo así como respeto hacia los muertos.

Por lo tanto no es de extrañar que estos animales surjan en el imaginario colectivo de novelistas, que los plasman con sus diferentes metáforas, pero siempre como un animal inteligente y a veces retorcido. Ya aparece en la Biblia donde Noe suelta al cuervo para ver si las aguas han bajado, y este no vuelve y en otro relato le llevan alimento a Elías. En la cultura nórdica se usaba el símbolo del cuervo en las velas. Ragnar Lodbrok usaba un estandarte con una bandera y un cuervo bordado y la leyenda dice que si la bandera ondeaba al viento, Lodbrok ganaría la batalla. En la mitología, Hugin y Munin son los cuervos que se apoyan en los hombros de Odín y le informan de todo lo que ven y oyen, son sus mensajeros. Hugin era la reflexión así como Munin era la memoria. Curiosamente en Poniente, el universo de Canción de Hielo y Fuego, no vemos a las típicas palomas mensajes, sino que los cuervos son los mensajeros, como si de una referencia a esta cultura nórdica se tratara.

Hugin y Munin junto a Odín.

Debido a que los cuervos son omnívoros, y por lo tanto carroñeros, se les asocia con la muerte, en Suecia representan a los fantasmas de los muertos y en Alemania a las almas de los condenados. También son representativos de la mitología celta, la germánica, la griega, donde Apolo estuvo un día enamorado de la princesa Coronis, hija del rey Flegias, que confió a un cuervo blando el cuidado de velar por ella (Martin también usa cuervos blancos para los mensajes más comprometidos en CdHyF), pero el cuervo blando se descuidó de su vigilancia y Coronis se dejó seducir por un mortal llamado Ischys, por lo que Apolo entró en cólera matando a la joven que le revelo ser madre de un hijo suyo no nato: Asclepio, confiado al centauro Quirón para su educación… pero esto ya se nos va de madre. Incluso en la cultura esquimal el cuervo ocupa un lugar importante donde se le considera el antecesor de los hombres y el animal que trajo luz a los hombres y creó la vida.



Shakespeare en su obra Otelo y Macbeth menciona al cuervo abundantemente. Pero no solo en literatura de drama o de fantasía, donde los mitos están al pie del cañón, Asimov da presencia notoria al cuervo en su saga La fundación. Podríamos hacer una larga lista de autores conocidos y la aparición de cuervos en sus obras (El hobbit de Tolkien, Jonathan Strange & Mr Norrell de Susanna Clarke, en un relato de Dickens titulado Barnabé Rudge,…) pero para ilustrar más gráficamente la curiosidad que siempre ha suscitado al imaginario colectivo de la humanidad, os dejo con algunos vídeos y documentales muy interesantes.




Trailer de un gran documental

 
Unos cuervos divirtiéndose con la nieve, fijaos en como la prueban, se revuelcan y se regocijan en su esponjosidad, alucinante.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El camino de baldosas amarillas - Juan de Dios Garduño [Reseña]


Desde que se publicó la novela andaba tras ella, y no porque conociera mucho curriculum de su autor (que lo hay) si no porque me llamaba, es de esas corazonadas que un romántico lector todavía tiene.

Con motivo de la firma de libros de Alberto Morán en la Gigamesh de Barcelona adquirí un ejemplar dedicado a un lector anónimo (yo) que reza: “Agarra a Torcuato de la mano y ayú(aquí cambia la tinta del bolígrafo)dale a recorrer este camino de baldosas amarillas”. Publicada por la editorial Tyrannosaurus Books, con portada de Daniel Expósito (a quien conocí este mismo día) y con banda sonora de Félix Royo que podéis encontrar aquí.

A modo resumen la sinopsis está genial y sintetiza el argumento central de la novela. Como protagonista tenemos a un niño de 12 años que durante la post-guerra española, es ingresado en un manicomio de Valladolid.


La inocente mirada de Torcuato nos acompañará durante todo el trayecto, evolucionando, y con un segundo Torcuato, un yo interior muy peculiar que nos permite vivir esa supuesta locura que se dice que tienen los esquizofrénicos.

Al acabar la novela me he encontrado con un batido de emociones, una tormenta se desataba en mi cabeza, he reído, he llorado, me he mordido el labio y he suspirado. Por lo que eme resulta muy complicado abordar esta reseña y que destacar sobre ella.

Cada vez que escucho lo típico “es que yo no leo autores nacionales, no hay buena literatura” se me suben a la boca decenas de nombres para escupir en la cara de tal blasfemo. Juande es un gran ejemplo de buena literatura, ya no de estar perfectamente escrito, con palabras cultas y ritmos perfectos, si no de lo que una buena novela necesita, imaginación y originalidad. De escribir lo que sientes. “Write what you know” como diría George Martin.

La agilidad de la novela es muy sutil, sin darte cuenta has consumido la mitad de la obra y no te sientes apenas cansado o empachado de palabras, al contrario, sientes una necesidad de seguir leyendo imperiosa. El libro me ha durado dos tardes (y eso que he intentado racionarlo).

Sobre la historia, que decir, en la contraportada pone “terror”. Si, supongo que sí, pero no al terror que nos tienen acostumbrados de sangre, vísceras, fantasmas y sustos baratos. Imaginaos un niño de 12 años apartado de su familia y considerado “loco”. Ya solo ese planteamiento me causa horror, no os quiero contar lo que encontrareis dentro, pero os recomiendo leerlo en una época anímica fuerte. Es una historia dura y que quizá exactamente así no, pero estoy seguro de que hay personas que vivieron situaciones similares en aquella dura post-guerra que no nos queda tan lejana.

El término loco se usa mucho en esta historia y Juande le da la vuelta. ¿Somos locos porque nos han dicho que somos locos? ¿Son menos locos por dictar ellos las normas? Lo que está claro es que la discriminación social de entonces era durísima y lo es ahora.  ¿Qué es la locura? Nos plantea Juande indirectamente. Escuchar voces es estar loco, pero, ¿es por eso que hay que apartar de la sociedad a una persona? Yo tengo clara una cosa, loco o no, si me metieran en un manicomio, mi mente se refugiaría en algún otro lugar, de eso estoy seguro.
El manicomio de San Juan de Dios (si, como el autor) es el mal. Allí los pacientes son vejados y maltratados, no hay piedad, no son personas, no son humanos y los pocos vestigios de humanidad que les quedaran, les son arrebatados por otros humanos que necesitan sentirse superiores a ellos.

La resolución de la novela es de esos finales que te gustaría escribir a ti. “¿Y porque tiene que haber una razón?” nos escribe Juande de boca de un personaje. Es una frase que encierra una gran profundidad, la mayor parte de las veces, actuamos irracionalmente, sin pensar ni saber porque. ¿Instinto? No lo creo. Es algo que quizá nunca sabré o no quiero saber, la naturaleza humana es agresiva, mezquina y engañosa. Pero Juande nos envía un mensaje de esperanza, siempre hay luz en la oscuridad. Siempre sale el sol tras una larga noche.

Ante todo, es una novela que relata una historia de amor difícil, sin romanticismos, sin tonterias. Una historia de amor creíble, cruenta y difícil. Extremadamente cruel y triste a la par que hermosa y bella.


Una novela que recomiendo a todo el mundo, pero advierto, tened el corazón en un puño, pues es una novela dura, donde se busca (sin necesidad de una gran catástrofe ni una horda de zombis) la naturaleza odiosa de la humanidad que pugna por autodestruirse como un virus.  Os animo a acercaros a las puertas del manicomio San Juan de Dios a conocer la historia de Torcuato.

martes, 19 de febrero de 2013

Myrta



I

“Perdóname, pero debo irme. Nunca estarás solo. Te quiero”

Con estas palabras me dejó cuando murió, postrada en la cama. Una pequeña y tímida sonrisa en los labios. Yo la miraba aunque no podía ver muy bien, debido a las lágrimas que empañaban mis ojos. Recuerdo su silueta borrosa, estirada en la cama. Y aquella sonrisa. Aquella pequeña sonrisa.

Me llamo Maren y mi mujer se llamaba Myrta. Durante semana viví con el alma pendida de un hilo, con el aliento contenido. Cuando murió mi vida dejó de tener sentido y empecé a vivir sin vida. Deambulaba por todos los rincones donde ella había estado, tocaba las cosas que ella había tocado, respiraba el perfume que todavía permanecía en las sabanas y que muy lentamente empezaba a difuminarse. Aquel olor que me hería cada vez que lo respiraba.

Me sentía vacío y seco. Había dejado a mi hija con sus abuelos. Se llama Mary. No soportaba el dolor de mirarla a los ojos y ver su mirada perdida, una mirada que buscaba el amor de una madre que no estaba. Cuando me preguntaba cosas como “¿Papá, en que estrella vive ahora mamá?” o “¿Pensará en nosotros ahora que está allí arriba?” Yo me quedaba sin palabras, no podía contestar una mentira en la que yo no creía.

Su inocencia perdida, se incrustaba en mi pecho. Mi corazón pugnaba por salir de la cárcel que eran mis costillas. Cuatro años y su infancia ya era un completo desastre.

Un día me dormí con un collar entre mis dedos, que ella acostumbraba a llevar puesto. Aquella noche soñé. Cosas turbias, en color azul, blanco y negro. Soñé con un recuerdo de mi mujer, pero no era un recuerdo normal, la escena si lo era, ya que era tal y como la viví, mi mujer y mi hija jugando en el jardín de casa, cerca de unas flores blancas y amarillas que tanto les gustaban a ambas. Nunca me interesé por el nombre de aquellas flores que tanto agradaban a los dos seres que más amaba.
En el sueño pasaba algo que no pasó aquel día. Mi mujer se acercó a mí, sonriendo, mirándome a los ojos, tierna y preciosa. Me dijo en un susurro: “Sonrie amor mio. El mar… recuerda… sonríe y vive.” Me besó en la mejilla y desperté.

Lloré y no pude volver a dormir en toda la noche. Aquel beso quemaba en mi mejilla como si lo hubieran marcado con un hierro al rojo vivo.

La noche siguiente me dormí casi instantáneamente. Estaba agotado. Soñé con Myrta. Era una escena más antigua que la del anterior sueño. Ella reía en la playa, desnuda y yo la dibujaba en un cuaderno. El mar jugaba con sus piernas enviándole sus olas tibias y dulces.
El sueño cambiaba el recuerdo de nuevo. Ella vino y se sentó a mi lado y me miró con sus profundos ojos. “Aquí todavía podemos estar juntos” En vez de sorprenderme, aquella afirmación me pareció la cosa más normal y dulce del mundo.

Assentí y la miré. Ella observaba el mar y sonreía, se giró y me dijo: “Maren, sonríe. El árbol… te quiero”. Y desperté.

Aquella vez me desperté tranquilo y desde hacía meses, relajado. Una idea me pasó fugaz por la cabeza: soñando, podía estar con ella, dormido, ella vivía. Y nada habría ocurrido.
Soñé de nuevo con ella la siguiente noche, la encontré bajo aquel árbol viejo donde cuando eramos jóvenes, marcamos nuestros nombres en la corteza. “Has venido” dijo, y sonrió. “Cada noche vendré a encontrarte. Siempre” pensé.

II

Soñar con ella se convirtió en una necesidad, cada noche me acostaba nervioso por volver a aquel lugar onírico a encontrarme con ella. Intenté dormir durante el día pero no funcionó y me tuve que resignar a la oscuridad del día. Comía lo justo y necesario para no desmayarme de hambre y apenas salía de mi casa. No lo necesitaba.

Descubrí una pauta en los sueños, ella en cada sueño me nombraba una palabra que podía significar un lugar o un objeto, que de alguna manera era una pista del siguiente espacio donde nos encontraríamos, el recuerdo era tan solo el paisaje y telón de nuestros sueños.

Mi deseo de soñar constantemente con ella se tornaba una obsesión, me enfermaba y me estaba volviendo loco, necesitaba soñar más a menudo con ella por lo que conseguí una receta de una farmacia y empecé a tomar somníferos. De esta manera soñaba más con ella y no me despertaba tanto.

Empecé a olvidar que era vivir, apenas comía ni bebía nada, no me di cuenta de que aquello era enfermizo y yo me estaba convirtiendo en un cadáver. Me pasaba casi la totalidad de las horas del día durmiendo, cuando me despertaba, malhumorado, tomaba una comida frugal, iba al lavabo y poco más.

En una de estas veces que el somnífero ceso en su empeño y su efecto se disipó, escuché que llamaban al teléfono. Eran los abuelos de mi hija, cogí el teléfono. Me preguntaban que hacía, donde estaba y si pensaba hacerme cargo de Mary. Yo les contesté que no estaba bien y que necesitaba estar solo. Silencio. “Debo volver, Myrta me está esperando. Adiós”. Y colgué.

El teléfono volvió a sonar durante días y semanas, yo no lo descolgué más. Pronto dejaron de llamar. No entendían que yo necesitaba ver a Myrta, que ella no se había ido, que seguía allí. Quizá si consiguiera que Mary lo entendiera podría darle unos somníferos, así podría ver a su madre. Volveríamos a estar los tres juntos.

Cuando soñaba me sentía feliz, la tocaba, y la podía oler. Me sentía mucho más vivo que cuando estaba despierto. Los recuerdos me hacían sentir vivo y con ganas de seguir viviendo, pero solo para poder seguir soñando.

Un día las cosas se complicaron. Todo empezó con la puerta de mi domicilio siendo aporreada y unas voces que aullaban mi nombre. Eran los padres de Myrta y me traían a mi hija. Me dijeron que no podían hacerse cargo de ella por ahora y me amenazaron con denunciar mi conducta paterna a las autoridades si no me responsabilizaba de ella. No quise escuchar y me puse algo agresivo, cogí a Mary y cerré de un portazo en sus narices. No quise aceptar lo que decían, pero tenían razón.

Por entonces solo pensaba en como haría para cuidar de Mary y poder continuar visitando a Myrta. Mi hija me observaba con ojos vidriosos, no quiero ni imaginar la clase de hombre que su inocente mirada captaba, consumido, acabado. “¿Papá?” preguntó, “Papá, ¿por qué estás triste? ¿Ya no me quieres?”. Yo la respondí que si la quería, “He estado triste pero no te preocupes Mary”. Sus ojos se abnegaron de lágrimas. “Papá, ¿te irás tú también?” Un nudo me obstruía la garganta y no pude responder, pero mi mente si lo hizo “No lo sé”.

Aquel mismo día salimos al jardín de nuestra casa, donde solíamos jugar los tres. Mary parecía divertirse pero sus ojos reflejaban tristeza. Y todo por mi culpa. “Miraremos las estrellas esta noche, ¿vale papá? Y miraremos a mamá”

Aquella noche acampamos en el jardín donde después de enseñarle algunas constelaciones que me inventé, le leí su cuento favorito hasta que se durmió con una sonrisa triste en los labios. Como si aquel pequeño rostro se hubiera olvidado de que músculos usar para sonreír.
Tuve que dejar las drogas somníferas, mi hija requería tiempo y yo vi que aquello me llenaba, por lo que estaba dispuesto a darse-lo, aunque mi corazón pugnara por seguir visitando a Myrta. Los remordimientos de abandonar a mi mujer por mi hija pronto me asaltaron. Mary estaba siempre triste, incluso cuando reía a carcajadas, su pena se camuflaba bajo su piel, y yo no sabía que hacer, yo no lo llevaba mucho mejor.

Mary dejó de hablar de su madre, aunque alguna noche la escuché susurrar, como si hablara con alguien. Sus preguntas ya no eran sobre Myrta, me preguntaba si yo dormiría para siempre y la dejaría sola como había hecho su madre y me iría al cielo. Me miraba con aquellos ojos grandes y preciosos y me preguntaba: “Papá, no me dejes sola” Aquello me llenaba de amor y de pena.

Aquella noche dejé a mi hija dormir conmigo, preocupado por no volver a soñar con Myrta empecé a darle vueltas en la cabeza. No sé si fueron los efectos secundarios de tantas drogas, de no comer o me había vuelto loco, quizá fuera solo mi desesperación, pero empecé a ver a mi mujer cuando no dormía. Alucinaciones y delirios.

Me inquieté y sentí miedo. ¿Los sueños se hacían realidad? Quizá todavía dormía y no me había despertado. Pero recuerdo la primera vez que la vi despierto: Myrta me miraba desde el pasillo, furiosa y me recriminó “¿Ya me has olvidado? Ya nunca vienes a verme.”

III

A partir de entonces las coses se tornaron extrañas. Me costaba diferenciar realidad de sueño. Incluso mi hija empezaba a parecerme irreal. Hablaba con ella y no me escuchaba, parecía no verme. Mary veía a Myrta, jugaban juntas y reían. Recuerdo sus risas, felices. Yo lloraba por no poder compartirlas. ¿Se me había negado la posibilidad de soñar con mi mujer?
Las veía a ambas por todas las partes de la casa, haciendo vida normal, mi hija ya no me prestaba atención, apenas me veía. “Tú estuviste igual hace apenas unos días, ni te acordabas de tu hija” pensé. No podía culparla por querer a su madre.

Una noche volvía  soñar con Myrta. Como de costumbre, era un recuerdo transformado. Era una noche antes de que ella muriera, en el hospital. Ella me decía. “No estarás solo, siempre estaremos juntos Maren, aunque no sea físicamente, siempre estaremos juntos. Estaré a tu lado y te cogeré de la mano. No tengas miedo, se fuerte, porque esta es nuestra verdad”.

No recordaba aquellas palabras, que ahora sonaban tan fuertes, tan chocantes y con tanto sentido. Lloré.  El sueño cambiaba el recuerdo, y era yo quien estaba estirado en la cama del hospital y ella me hablaba. Era extraño porque ella lloraba. También pude ver en el pasillo a mi hija Mary y a su abuela sentadas en unas sillas.

Me desperté, o quizá solo me levanté de la cama, no sabría asegurarlo, me encontraba en mi casa. Estaba solo, no había rastro de Mary. La busqué y grité su nombre. Nada. La casa me devolvió mis gritos vacíos. La penumbra entraba por las ventanas y la sordidez se apoderó de mí como una garra.

En el suelo había una carta de defunción, debía de ser de mi mujer, no recordaba haberla dejado allí, pero no me extrañaba que no le hubiera prestado atención hasta entonces. La cogí y me la guardé.

Me puse a hipar y lloré, no oculté mis llantos y pronto mi rostro estaba empapado de lágrimas. Me sentía tan solo y abrumado. ¿Dónde estaba Myrta? Necesitaba dormir y soñar con ella, necesitaba tocarla y respirar su aroma.  ¿Y Mary? Quizá se había escapado de casa asustada y se había perdido, sola y desamparada. Pasé mucho tiempo estirado en el suelo hecho un ovillo hasta que perdí la noción del tiempo. Entonces soñé.

Fue el sueño más extraño que había tenido hasta ahora, de hecho no puedo asegurar que fuera un sueño. Me ayudó a comprender porque estaba teniendo estas alucinaciones, sueños o delirios, no sabía cómo definir aquello.

Volvía a ser un recuerdo aunque muy modificado de como creía que era. Era el laboratorio de mi mujer y discutíamos sobre un nuevo descubrimiento que ella había hecho. Era una píldora que dejaba la mente suspendida tras la muerte. Para explicarlo de otra manera, uno vagaba por la inmensidad del universo, cuando ya había muerto. Su mente se perdía en el espacio y el tiempo sin control, por lo que realmente no moría, solo se marchitaba su cuerpo. Yo consideraba aquello un gran riesgo, ya que aquella persona podía estar eternamente flotando en una especie de limbo, ya que nadie sabía que pasaba con la mente humana tras morir. ¿Y si el shock era demasiado fuerte y esta no era la misma? Aquella mente podía creer seguir viva o viviendo cosas en una nebulosa que ni siquiera podemos imaginar. No quería ni imaginar la desesperación que se debía sentir, al no poder morir.

Estábamos en otro lugar, delante del mar, en una playa de arena blanca y brillante. Mi mujer jugaba con mi hija y las dos reían al saltar por encima de las olas que se acercaban a la playa. Myrta me explicaba, sentada a mi lado, que tenía una solución para la incógnita de su descubrimiento.

Podía lograr que la mente de la persona de quien muriera, pudiera quedar ligada a otra persona con quien tuviera grandes lazos sentimentales. “El clásico concepto de alma gemela” dijo. De esta forma la persona que muriera quedaría de alguna forma suspendida y controlada por la mente de la persona en vida, que podría evitar que esta se perdiera y vagara sin rumbo. Además podrían comunicarse de alguna forma gracias a las conexiones neuronales.

Aquel sueño se volvía muy revelador a la vez que aterrador. Mi corazón latía muy despacio por miedo a hacer ruido y entorpecer aquellas conversaciones tan interesantes. El siguiente sueño me hizo comprender la realidad de mi situación.

Estábamos en un hospital y un medico nos daba los resultados de unas pruebas médicas. Cáncer terminal. No pedimos más explicaciones. Al llegar a casa Myrta y yo hablamos, lloramos y decidimos tomarnos la Píldora de Suspensión. Mi hija, que estaba allí lo escuchó todo y quiso participar, algo que por supuesto no le permitimos. Ella contestó cruzando los brazos y frunciendo el ceño: “Yo quiero soñar con papá y mamá, no necesito ningún invento. Puedo soñar con vosotros porque os quiero” En aquel momento no supe que me sorprendió más, si la capacidad de una niña de cuatro años de pensar así, o el hecho de que aceptara que uno de sus padres se marcharía para siempre.

Cambio de escena y de lugar, se repetía uno de mis sueños anteriores. Yo en la cama del hospital, mi mujer llorando y me decía aquellas palabras que ahora entiendo tan bien. “No estarás solo, siempre estaremos juntos Maren, aunque no sea físicamente, siempre estaremos juntos. Estaré a tu lado y te cogeré de la mano. No tengas miedo, se fuerte, porque esta es nuestra verdad”

Myrta, tu invento funciona, la mente viaja por nuestros recuerdos, por nuestros sueños. Sueño con nosotros, con nuestra hija, pero desearía que no hubiera sido así. Estoy atrapado en el tiempo. No puedo continuar y ahora lo comprendo todo. Sufro tanto soñando con las sombras de lo que fuimos. Vivir los recuerdos es todo lo que me queda. Ahora veo una fotografía, nuestras sombras proyectadas en el suelo. ¿Es esto lo que me espera a partir de ahora? Una sombra.

Pero aun guardo una pequeña esperanza. No se puede soñar eternamente, ¿verdad?



sábado, 16 de febrero de 2013

Sorteo de El Rey Trasgo


El 15 de Febrero tuve la gran suerte de asistir a la firma de libros de Alberto Morán Roa en la Gigamesh de Barcelona. He asistido a otras firmas, pero en esta se nos prometía una pequeña muestra de esgrima e incluso una charla sobre aspectos de su novela comentados por el autor. Cuando le pidáis una firma a Alberto, preparaos un tentempié, porque él no firma una frase ingeniosa y te entrega el ejemplar, te regala un pedazo único de esgrima realizado con lápiz y bolígrafo. Cada dedicatoria tiene un dibujo personalizado y Alberto se toma el tiempo que la ilustración le pide para realizarlo. Esto hizo que no pudiéramos ver una muestra de esgrima, aunque entre dibujo y dibujo Alberto contestaba encantado a las preguntas sobre aspectos de su obra.

Para que veáis a que me refiero, aquí os dejo una foto de la dedicatoria que me hizo Alberto.



Llevaba tiempo esperando esta firma además de para conocer al estupendo autor y persona que es Alberto, para conseguir un ejemplar firmado para un lector del blog. Es una obra que me ha gustado tanto, que quiero que alguien reciba esta historia de mi parte y voy a usar como medio, el blog.

Es el primer sorteo del blog, y lo voy a inaugurar con una de las novelas que se ha convertido en una de mis preferidas, El Rey Trasgo, firmado y dedicado por el autor especialmente para los lectores del blog.

Podéis leer la reseña de la novela aquí, además de una entrevista a su autor publicada en el blog.



Las bases son sencillas, leedlas atentamente:

1 -  Ser seguidores del blog (tenéis un botón a  la derecha que pone, participar en el sitio), para ello necesitareis una cuenta en blogger y se tarda nada y menos en crearla. No aceptaré a ningún anónimo.

2 Dejar un comentario en este post.

3 - Enviar un mail a dondeacabaelinfinito@gmail.com con el asunto SORTEO EL REY TRASGO, con vuestro nick en el foro y todas las pruebas de difusión. Se obtendrá más puntos a quién más difusión haga por Facebook, en su blog, en twitter o colocando el banner del concurso en su web/blog. El sorteo se realizará utilizando la plataforma random.org.

4 - Solo podrán participar por motivos económicos, residentes del territorio español (el envío lo hago yo).

5- El plazo empieza hoy 16 de febrero y acabara el sábado 2 de marzo a las 23:59h

Acordaos de hacer un clic en el iconito de facebook, twitter, +1 google plus etc.

lunes, 11 de febrero de 2013

El estilo



La literatura y el arte plástico han ido muchas veces de la mano con numerosos artistas, a pesar de ello, su evolución corre por ríos distintos y en cauces diferentes. La literatura ha tenido un avance más lento marcado por sucesos muy parecidos a los que han marcado, por ejemplo, a la pintura. En el siglo XX un artista francés llamado Daniel Buren, dio un paso más allá, su planteamiento era una negación de estilo. Negaba el estilo de la obra y negaba la plasticidad, haciendo una propuesta conceptual.

Rayas. Daniel Buren.
Es un concepto sin duda difícil de asimilar, que hoy en día todavía sigue en proceso de digestión, pero que a mí me llamó la atención sobre todo por lo de la negación del estilo. Buren fue un artista altamente visual y muy conceptual. Lo que me hizo pensar este hombre fue ¿Tan importante es el estilo? Comúnmente, cuando leemos sobre literatura, nos dan consejos como: “busca tu propio estilo”, “perfila tu estilo”, pero, yo creo, que lo que hay que buscar no es el estilo, es nuestro camino, y nuestro sendero puede o no puede cruzar por el mismo tipo de arboleda.

Rayas. Daniel Buren. Conceptualidad innegable, ¿verdad?
Creo que buscar un estilo concreto es encasillarse, definir algo, buscarlo y llevarlo al límite y esto, en mi humilde opinión, hoy en día no es lo que se debe buscar. La experimentación puede ser también un camino. Abrir nuevas puertas y probar de cada fuente, focalizarnos en un punto clave, la escritura, y no en definir un estilo que nos viene dado por definición cultural.
Ya en la época vanguardista, la literatura intentó ir de la mano junto con las artes plásticas, y romper con aquella literatura academicista que había poblado las altas esferas comunes. En poesía se rompió con la estrofa, se cambió la puntuación y la métrica de los versos en poesía, con la intención de acbar con la tóxica y contaminante sucesividad del hecho escrito o leído, signo tras signo, palabra tras palabra. En esta época se buscan nuevos temas, para un hombre nuevo, en una época nueva. Hubo tendencia a hacer plástico de las palabras, con su coloración (por poner un ejemplo muy tardío pero muy conocido, Michael Ende, en su Historia interminable). Aquí el símbolo, tomó un papel importante, acabando por crear formas con el texto para expresar la idea (formando pájaros, flores, hileras de hormigas…)
Murakami posando junto al  graffiti
 de un mono que quiere hablar.

Las reglas de la literatura más vanguardista habían cambiado totalmente y daban rienda suelta a la libertad expresiva de la literatura. Librando incluso de su importancia al tiempo cronológico en orden. Aquí la continuidad de las cosas en un orden racional no tenía sentido de ser, como ejemplo moderno y actual, podemos considerar a Haruki Murakami como un heredero de este concepto, creando espacios atemporales en los que viajamos un poco perdidos.


Roland Barthes, un gran teórico francés, propuso el grado cero de escritura, donde todo lo superficial que no contenía mensaje sobrada. Para Barthes existían tres niveles que definían la expresión del artista en su obra: la lengua, el estilo y la escritura. La lengua es el horizonte compartido por todas por todos los hablantes. Es el límite de lo que se puede decir, un objeto social por definición y no por elección. Para Barthes este punto es de naturaleza del escritor. El estilo es la expresión de su mitología personal y su contexto histórico, la historia de su pasado, sin embargo a pesar de su origen, no es una elección de una naturaleza, como la lengua.

Para Barthes el lugar en que un artista debe centrarse y focalizarse es la escritura en sí misma. A diferencia de la lengua y estilo, la escritura no es naturaleza sino función, se adhiere a las crisis de la historia y a los momentos clave de esta. Su configuración es totalmente simbólica, encierra el discurso del artista en un signo total expresando su postura frente a la realidad vivida. Barthes opone la escritura a la palabra, el cree que el mensaje va mucho más allá de la lengua, la escritura es un signo total y su significado es dado por su unidad de signos y no por la sucesión de estos. La escritura, por definirlo de una manera más sencilla, nace de la reflexión del escritor sobre el uso social de la forma, y será un modo en sí mismo de entender la literatura.
Roland Barthes frente a su esquema de la expresión artística.

Entre otras de sus teorías que son necesarias entender previamente, encontramos la del grado cero de la escritura. Para Barthes este elemento no está integrado sino que es un elemento neutro, apartado. La escritura del grado cero trata de librarse del orden marcado del lenguaje al que tanto aspiraban los escritores y artistas del siglo XX.  Es una escritura amodal y trata de alejar su camino de la literatura convencional por lo que toma una lengua básica ajena al lenguaje literario: “Esa palabra transparente, inaugurada por El Extranjero de Camus, realiza un estilo de la ausencia que es casi una ausencia ideal de estilo”.

Una forma ausente, transparente, una escritura neutra… son conceptos en los que el escritor ha de posicionarse para mostrarse honesto, ya que niega las formas establecidas que llevan una carga ideológica y simbólica que están por encima de la propia intención del autor.
Pero como con casi todo el arte rompedor, la academia acaba por absorber y destruir el concepto, modificándolo y deformándolo a su manera, hasta que la esencia del concepto de Barthes se pierde en erróneas interpretaciones.

Yo, personalmente, no creo que en que exista un estilo, como ya he dicho, pero tampoco creo que la escritura tengo que ser de un grado cero, lo que si comparto es ese grado de neutralidad, olvidarnos del estilo y de las cargas simbólicas que nos son impuestas culturalmente y ser honestos con nosotros mismos, por consecuente con el público que absorbe la obra.

Creo que más importante que buscar un estilo “propio” (cosa harto imposible), deberíamos preocuparnos más por la forma, las herramientas que usamos, y el mensaje que queremos dar, porque al final, lo que queda, es la idea, lo intangible de la obra, nuestra intención.
¿Estáis de acuerdo con estas afirmaciones? ¿Creéis que hay que buscar un estilo y perfilarlo, antes que dar importancia a la escritura? ¿Creéis que Barthes estaba loco y que Daniel Buren  fumaba demasiado?